La Casa del Pasiego es un centro de interpretación de la memoria pasiega ubicado en las antiguas escuelas del barrio de La Concha (San Roque de Riomiera). Cuenta con una interesante colección etnográfica que sirve de hilo conductor para mostrar las formas de vida tradicionales de las gentes que habitan desde hace siglos este recóndito rincón de Cantabria. Un pueblo orgulloso de sus costumbres, heredero de un legado cultural que sigue vivo en el paisaje, la arquitectura y las tradiciones.

Territorio Pasiego
San Roque de Riomiera es un municipio cántabro que se ubica en la cabecera del valle del Miera. Sus 35,7 km2 se extienden en una estrecha franja delimitada al este por el río Miera, al oeste por las cumbres que lo separan del valle de Pisueña y al sur por los montes de Valnera, lindantes con la provincia de Burgos.
Estos tres territorios, actualmente integrados en la comarca de los Valles Pasiegos, son el escenario genuino del modo vida pasiego.
Su «plaza» es una de las tres Villas Pasiegas que, junto con San Pedro del Romeral y Vega de Pas, obtuvieron en 1689 independencia jurisdiccional de la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros, de la que dependían desde la Edad Media.
Vida Pasiega
La vida cotidiana de las familias pasiegas ha estado muy marcada por su peculiar forma de explotar el territorio. El frecuente trasiego entre fincas obligaba a prescindir de lo superfluo y apañarse con lo imprescindible. Se fueron acostumbrando a vivir con lo justo y con muy pocas comodidades. Las pequeñas explotaciones ganaderas familiares tampoco proporcionaban grandes recursos económicos y lo habitual era la austeridad. Esta tendencia a la simplicidad, no falta de ingenio en ocasiones, se observa en sus escasos enseres cotidianos, muchos de los cuales fabricaban ellos mismos.
Los pasiegos, individualistas y con un carácter poco dado a seguir normas de algún tipo de orden de un superior, siempre prefirieron la vida tranquila que le proporcionaba su forma de vida, a pesar de las limitaciones, que trabajar para otros. Los que emprendieron y buscaron nuevos horizontes, lo hicieron por cuenta propia o apoyándose en otros pasiegos.


La Cabaña
Las cabañas pasiegas son construcciones modestas de dos plantas, con paredes de piedra y techo a dos aguas cubierto de lastras. Sirven como vivienda y establo, adaptadas al tradicional estilo de vida de la comarca, en el que personas y ganados están en continuo movimiento.
En las zonas altas se sitúan las cabañas «brenizas», de menor tamaño. En el piso inferior está la cuadra y el superior lo comparten el «payu» o pajar donde se almacena la hierba seca y la zona de vivienda en torno a un llar. A esta planta superior se accede por una escalera de piedra situada fuera de la cabaña llamada «patín».
Las cabañas «vividoras», en las zonas bajas del valle, son más amplias y gozan de más comodidades. Tienen una distribución similar, con más espacio para la vivienda de la parte superior. El «patín» de acceso se sustituye por una escalera y una solana de madera.
Además de las cabañas, hay otras construcciones complementarias como los cuvíos o bodegos, fresqueras en las que se nataba la leche y se guardaban los productos perecederos.
Cumbres, fincas y vacas
La combinación de elementos naturales y de la intervención humana a lo largo de los siglos ha dado lugar a un panorama singular en el alto Miera. Sus cumbres coronan laderas desprovistas de bosques, deforestadas durante siglos por la actividad de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada y por la necesidad de más pastos para el ganado.
Las fincas delimitadas por largas tapias de piedra y sus cabañas dibujan un paisaje de pendientes imposibles, con prados en los que la siega y la recogida de la hierba sólo se podía hacer a mano. El dalle y el rastrillo siguen siendo imprescindibles. La hierba cortada en verde se transportaba en cuévano y la seca con la «belorta», una vara flexible con la que se ataba para llevarla sobre la cabeza hasta el «payu» de la cabaña.
La hierba sirve para alimentar a las vacas, animales omnipresentes en la vida de los pasiegos. Son la seña de identidad de las pequeñas explotaciones ganaderas de carácter familiar propias de la zona. Antaño fueron reses de pelo rojo, de raza pasiega, criadas por su leche muy grasa. Pero las vacas holandesas, blancas y negras, que daban más leche, las sustituyeron hace tiempo.


Leche, mantequilla, queso
Las vacas de raza pasiega daban una leche muy cremosa, con el doble de materia grasa que las vacas lecheras actuales. En una época en la que la conservación de la leche fresca y su traslado a grandes distancias no era posible, la mejor forma de sacarle provecho era convertirla en productos más duraderos para vender en el mercado.
Gracias a la calidad de la materia prima, la mantequilla y los quesos elaborados en la pasieguería gozaron de gran fama y mucha demanda.
Para obtener mantequilla, le leche recién ordeñada se dejaba reposar en un sitio fresco en una cántara de barro para separar la nata. Esa nata se introducía en un odre en el que se golpeaba hasta conseguir una pasta sólida que se amasaba y se lavaba hasta conseguir el producto final.
La muda
Uno de los aspectos más característicos de la cultura pasiega es la «muda». Las familias pasiegas y su ganado se desplazaban periódicamente entre distintas fincas y cabañas distribuidas a diferentes altitudes. Al inicio del verano comenzaba el ascenso hacia las zonas altas para aprovechar los pastos de altura, para ir descendiendo después y volver a pasar el invierno al valle.
Andar con la vida a cuestas por un territorio tan accidentado hacía imprescindible el uso del cuévano, también utilizado en otras labores.
Cada familia contaba con cuatro o cinco fincas y todos juntos se trasladaban de una cabaña a otra con todos sus enseres y aperos, literalmente con la casa a cuestas. Abandonaban la relativa comodidad de la cabaña «vividora» por las estreches de las «brenizas» durante buena parte del año. En la actualidad, cada vez son menos las familias que mudan.


Gentes con historia
Las primeras referencias históricas a los pastores de los Montes de Pas se remontan al siglo XI. Durante la Edad Media, gracias a los privilegios de pastos otorgados, se iniciará el uso ganadero extensivo de las cabeceras de los valles pasiegos.
A partir del siglo XVI se produce una transformación clave en el sistema de explotación de los pastos, que pasan de un uso comunal de campo abierto a la apropiación individual mediante el cerramiento de fincas.
Es en este momento cuando se construyen las primeras cabañas «brenizas» y aparecen las más tempranas referencias a la presencia de mantequillas y quesos pasiegos en los mercados.
Irá tomando forma, a partir de entonces, el tradicional modo de vida pasiego. En 1689 nacen las tres Villas Pasiegas y en el siglo XVIII se hará habitual la muda. Los rasgos singulares del carácter de las gentes de estos valles, sus costumbres, creencias y tradiciones, irán conformando una estampa pintoresca de fuerte personalidad cuyos ecos llegan hasta nuestros días.
Amas de cría
En las sociedades tradicionales era habitual que las familias pudientes empleasen a una nodriza o «ama de cría» para amamantar y cuidar a los bebés cuando sus madres no podían o no querían hacerlo.
Incluso la familia real española contrataba habitualmente amas de cría. A partir del reinado de Fernando VII serán de origen cántabro, porque se creía que al vivir en zonas mal comunicadas tenían menos riesgo de portar enfermedades y mayor «pureza de sangre». Las más afamadas eran las nodrizas pasiegas. Para servir en la corte debían tener entre 19 y 26 años, estar criando su segundo o tercer hijo, estar vacunadas, tener una complexión robusta y buena conducta moral.
De este valle de San Roque de Riomiera procedía Manuela Cobo Fernández, que entre 1862 y 1863 fua ama de cría de la infanta Paz, hija de Isabel II y hermana del rey Alfonso XII.
«La afortunada pasiega, joven de 24 a 26 años, tiene buena estatura, es muy robusta, de fisonomía simpática, carácter bondadoso y nada encogido. La semana anterior se despedía de sus amigas vestida con lujo, pero a la usanza de su país, y llevando a la espalda el inseparable apéndice, es decir, el cuébano que sirve de cuna a su hijo, el cual está tan desarrollado que, habiendo nacido el día primero de abril, parece, no obstante, que tiene ya cinco o seis meses»
La España, 23/05/1862


Orgullu de lo nuestro
Aunque las formas de vida tradicionales se van transformando cada vez más aprisa y muchos de los rasgos que definen esta cultura ancestral han ido difuminándose o desapareciendo en las últimas décadas, los pasiegos tratan de mantenerse fieles a sus valores y a sus costumbres. Las romerías se han convertido hoy en el escenario en el que se reivindican las raíces y se reviven las tradiciones, recuperando el traje típico, los deportes autóctonos y otros símbolos de pertenencia. La cultura pasiega sigue siendo una cultura viva.
Desde 1998, cada mes de septiembre se celebra en el barrio de El Toral la fiesta del Orgullu Pasiegu, en la que los vecinos de San Roque de Riomiera comparten sus tradiciones para que no caigan en el olvido. El concurso de ordeño, las exhibiciones de deportes pasiegos o los «relinchius» reviven una forma de vida que, sin este esfuerzo colectivo, estaría condenada al olvido.
El «palu» es una larga y gruesa vara de avellano blanco, cortada en luna menguante de enero, que se dejaba curar un tiempo antes de pelarla y enderezarla usando el fuego.
Era usado por el pasiego para salvar obstáculos y ayudarse en el desplazamiento por la compleja orografía del territorio, como arma de defensa, para transportar cargas, etc.
Es el protagonista absoluto de los deportes autóctonos. La modalidad más icónica es el Salto Pasiego, en la que el «palu» se utiliza a modo de pértiga para alcanzar la mayor distancia posible. En la modalidad conocida como Mudar el Palo los participantes, aferrados al «palu» en posición vertical, se desplazan saltando. En el juego de Rayar con Palo hay que apoyarse en el «palu» y colocar el cuerpo en posición horizontal, paralelo al suelo, para alcanzar con la mano lo más lejos posible.
Participa
La colección etnográfica de la Casa del Pasiego es el resultado de donaciones realizadas por diversas personas a lo largo de los casi 20 años de existencia de este centro, a quienes queremos agradecer su generosa colaboración.
Recuperar, conservar y exhibir objetos de la vida cotidiana es una tarea fundamental para preservar el legado cultural de los pasiegos.
Si tienes algún objeto que crees que pueda servir para ampliar nuestra colección, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.
email: ayto@sanroquederiomiera.es
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